De: Hector Barrios Quiroz

En el contexto del mundo actual, caracterizado por una creciente diversidad de formas de convivencia y organización familiar, resulta cada vez más complejo encasillar a los integrantes de las familias en festejos específicos, calendarizables y universalmente reconocidos como tributos a su aportación y labor dentro del hogar.
Sin embargo, existe una fecha que sobresale con una fuerza singular: el 10 de mayo. Para muchos mexicanos es una fecha insoslayable, casi sagrada, porque hace referencia a la madre, figura que ocupa un lugar privilegiado en el imaginario colectivo nacional. La defensa simbólica de la madre forma parte de expresiones culturales profundamente arraigadas y constituye uno de los vínculos afectivos más significativos para una gran parte de la población.
Lejos de ser una exageración, buena parte de los mexicanos coincide en que la madre representa uno de los pilares fundamentales de la vida familiar. Por ello, cada 10 de mayo se transforma en una jornada de celebración, convivencia, regalos y encuentros familiares. Incluso la actividad comercial se ve impactada por la fecha, pues numerosos productos y servicios experimentan un incremento en la demanda impulsado por el deseo de homenajear a las madres.
Junto a esta celebración aparece otra fecha dedicada a reconocer la labor de los padres. En México, al igual que en diversos países, el Día del Padre se celebra el tercer domingo de junio. Su origen moderno suele atribuirse a iniciativas desarrolladas en Estados Unidos a principios del siglo XX. De acuerdo con el Inegi (2009, citado en Quezada, 2013, p. 8), la celebración surgió a iniciativa de Sonora Smart Dodd en 1910; posteriormente fue impulsada por distintos gobiernos estadounidenses hasta consolidarse como una conmemoración nacional. En México comenzó a difundirse durante la década de los cincuenta.
Aunque ambas fechas buscan reconocer la importancia de quienes desempeñan funciones de cuidado y formación dentro de la familia, también ponen de manifiesto una cuestión relevante: los calendarios cívicos y comerciales suelen construirse a partir de modelos familiares relativamente homogéneos. En consecuencia, pueden dejar en segundo plano las múltiples formas de organización familiar que caracterizan a las sociedades contemporáneas.
Precisamente aquí surge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando las categorías tradicionales de “madre” y “padre” no reflejan plenamente la realidad de muchas familias actuales? Existen hogares encabezados por una sola persona, familias reconstituidas, familias conformadas por parejas del mismo sexo, redes de cuidado integradas por abuelos, tíos u otros familiares, así como diversas configuraciones que desafían las concepciones tradicionales sobre la vida familiar (Sanz, 2013).
En este sentido, el debate no debería centrarse únicamente en cuál de estas celebraciones recibe mayor reconocimiento social o comercial. Más bien, conviene reflexionar sobre la forma en que ciertas conmemoraciones continúan reproduciendo una visión específica de la familia que no necesariamente representa la diversidad de experiencias familiares existentes. Las celebraciones del Día de la Madre y del Día del Padre pueden entenderse como expresiones culturales valiosas, pero también como recordatorios de que las categorías tradicionales no siempre alcanzan a representar la complejidad de las relaciones familiares contemporáneas.
La diversidad familiar actual incluye, entre otras modalidades, familias nucleares sin hijos, monoparentales, ampliadas, compuestas, de acogida, ensambladas, sin núcleo y de sociedad en convivencia (Oudhof et al., 2019). Esta pluralidad evidencia que las celebraciones centradas exclusivamente en las figuras materna o paterna pueden resultar insuficientes para representar la complejidad de las experiencias familiares contemporáneas.
Lo anterior no implica restar valor al reconocimiento de madres y padres. Por el contrario, supone ampliar la mirada para comprender que el cuidado, el afecto, la responsabilidad y el acompañamiento pueden ser ejercidos por personas y estructuras familiares muy diversas. De esta manera, la reflexión trasciende la discusión sobre las efemérides y se orienta hacia una cuestión más amplia: la necesidad de reconocer la pluralidad de formas en que las personas construyen vínculos familiares significativos.
El reconocimiento de esta diversidad constituye un desafío impostergable para una sociedad cada vez más compleja. La inclusión no puede limitarse a un discurso bien intencionado ni a la existencia de fechas conmemorativas en el calendario. Requiere un compromiso social capaz de reconocer y respetar las distintas formas de convivencia, evitando prejuicios que excluyan a quienes no encajan en modelos familiares tradicionales.
Más allá de los festejos y las efemérides, el verdadero reto consiste en construir una cultura de respeto y reconocimiento para todas las personas y familias. Ello demanda una visión más humana, abierta e incluyente, capaz de valorar la diversidad como una fortaleza social y no como una excepción.
El cambio está en nuestras manos y, especialmente, en las nuevas generaciones, que tendrán la responsabilidad de construir una sociedad más justa e incluyente. Ese desafío va mucho más allá de reservar un día en el calendario para celebrar; implica transformar la manera en que entendemos, reconocemos y valoramos la diversidad humana en todas sus expresiones.
Referencias
Oudhof, H., Mercado A. y Robles, E. (2019). Cultura, diversidad familiar y su efecto en la crianza de los hijos. Estudios sobre las culturas contemporáneas. Vol XIV (48) 65-82
Quezada, J.P. (2013). Día del padre. Al día las cifras hablan. 4(1), 1-12.
Sanz, J., Pont, M.J., Álvarez C., Gonzálvez, H., Jociles, M.I., Konvalinka, N., Pichardo, J.I., Rivas, A.M. y Romero E. (2013). Diversidad familiar, apuntes desde la Antropología Social. Treball Social. Abril (198) 30-40
