La desigualdad que se vuelve mente: mujeres, infancias y herencia psíquica estructural

Jennifer González Rojas

Hay violencias que no dejan marcas visibles, pero sí estructuras internas. Configuran formas de percibir, sentir y responder al mundo. Durante mucho tiempo, la desigualdad fue pensada como un fenómeno externo: acceso desigual a recursos, oportunidades o derechos. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo, la neurociencia y la epidemiología social contemporánea, esta lectura resulta insuficiente. La evidencia acumulada indica que la desigualdad no solo organiza la vida social; también se incorpora en sistemas biológicos y psicológicos, moldeando la mente desde etapas tempranas (McLaughlin et al., 2021; Shonkoff et al., 2021).

Cuando las mujeres viven bajo condiciones de precariedad, sobrecarga estructural o limitaciones sostenidas en el acceso a recursos, no solo se vulnera su presente. Se configuran entornos relacionales que influyen directamente en el desarrollo psíquico de las infancias. La exposición prolongada a adversidad temprana se asocia con alteraciones en la regulación emocional, la reactividad al estrés y la arquitectura neural, particularmente en sistemas como el eje HPA y los circuitos fronto-límbicos (McLaughlin et al., 2021; Tottenham & Sheridan, 2010).

No se trata únicamente de un problema social, sino de un proceso de incorporación y transmisión. A este proceso lo denomino herencia psíquica estructural: la transferencia intergeneracional de configuraciones emocionales, cognitivas y vinculares producidas por condiciones sistemáticas de desigualdad. Este planteamiento se inscribe en un campo interdisciplinario consolidado que incluye: (1) la investigación sobre trauma intergeneracional y mecanismos epigenéticos, que sugiere que experiencias adversas pueden influir en la regulación génica asociada al estrés (Yehuda & Lehrner, 2018; Kalish et al., 2022); (2) la literatura sobre experiencias adversas en la infancia (ACEs), que vincula la exposición temprana a estrés con trayectorias de salud mental y física a lo largo de la vida (Narayan et al., 2021); y (3) la teoría del apego y sus desarrollos contemporáneos, que explican cómo los patrones relacionales se transmiten entre generaciones mediante representaciones internas y prácticas de cuidado (Verhage et al., 2016; Bowlby, 1969).

En este sentido, la transmisión no es metafórica, sino empíricamente observable en múltiples niveles. Revisiones sistemáticas recientes muestran que la adversidad parental se asocia con cambios fisiológicos —como alteraciones en cortisol y procesos de metilación génica—, modificaciones en estructuras cerebrales como la amígdala, y mayor vulnerabilidad a psicopatología en la descendencia (Bowers & Yehuda, 2016; Narayan et al., 2021). A nivel molecular, estudios experimentales y clínicos han documentado cómo el estrés puede alterar la expresión génica sin modificar la secuencia de ADN, abriendo una vía plausible para la transmisión biológica de la experiencia (Yehuda & Lehrner, 2018; Kalish et al., 2022).

Sin embargo, estos procesos no operan únicamente a nivel biológico. La evidencia en teoría del apego muestra que la transmisión intergeneracional ocurre también a través de la calidad del cuidado: las representaciones internas de los cuidadores influyen de manera significativa en los patrones de apego de niñas y niños, con efectos consistentes aunque moderados en estudios meta-analíticos (r ≈ .31) (Verhage et al., 2016). Esto implica que las condiciones estructurales que afectan a las mujeres impactan indirectamente en el desarrollo infantil al modificar prácticas de cuidado, disponibilidad emocional y formas de regulación compartida.

En contextos latinoamericanos marcados por desigualdades persistentes, estas dinámicas adquieren una densidad particular. La sobrecarga en los cuidados, la inseguridad económica y la exposición sostenida al estrés no son eventos excepcionales, sino condiciones estructurales. La evidencia muestra que el estrés contextual reduce la sensibilidad materna y la capacidad de co-regulación, mecanismos clave en el desarrollo emocional infantil (Jeong et al., 2021; Howell et al., 2022). Esto no implica déficit individual, sino adaptación a condiciones materiales restrictivas.

Desde esta perspectiva, la desigualdad no actúa solo como telón de fondo, sino como un sistema que organiza disposiciones internas. Las trayectorias de desarrollo se configuran en interacción con entornos que distribuyen de manera desigual el tiempo, la energía psíquica y los recursos relacionales. Así, la internalización de roles de cuidado, la hipervigilancia o el distanciamiento afectivo pueden entenderse como respuestas adaptativas a contextos estructurados por la escasez y la presión sostenida.

Gran parte de este aprendizaje ocurre de manera implícita, a través de la repetición de experiencias relacionales. Como han mostrado estudios en neurociencia del desarrollo, estos patrones se consolidan en circuitos que automatizan respuestas emocionales y conductuales, operando por debajo del umbral de la conciencia (Meaney, 2010). De este modo, la desigualdad no solo se observa: se encarna.

No obstante, la evidencia también es clara en otro punto: estos procesos son modificables. Intervenciones centradas en el fortalecimiento del vínculo, el apoyo a cuidadores y la reducción del estrés han demostrado efectos significativos en la regulación emocional infantil y en marcadores biológicos del estrés (Jeong et al., 2021; Howell et al., 2022). Esto sugiere que intervenir en las condiciones de vida de las mujeres constituye, simultáneamente, una intervención en el desarrollo infantil.

Abordar la desigualdad, por tanto, requiere ampliar el marco de análisis. No se trata únicamente de redistribuir recursos, sino de transformar las condiciones que configuran la experiencia subjetiva desde la infancia. La evidencia converge en que entornos más estables, con menor sobrecarga y mayor apoyo relacional, favorecen trayectorias de desarrollo más saludables (McLaughlin et al., 2021; Shonkoff et al., 2021).

La herencia psíquica estructural no es una metáfora ni un destino fijo, sino un proceso dinámico, multicausal y susceptible de intervención. Reconocer este nivel de impacto implica desplazar la discusión sobre desigualdad desde una mirada exclusivamente distributiva hacia una comprensión más profunda de sus efectos en la vida psíquica y relacional. No basta con mejorar indicadores si no se transforman las condiciones cotidianas que organizan la experiencia emocional de quienes cuidan y de quienes crecen.

Desde esta perspectiva, la desigualdad deja de ser únicamente un problema económico o jurídico y se revela como una cuestión central de salud mental pública y de derechos humanos. Las condiciones en que viven las mujeres —particularmente aquellas que sostienen tareas de cuidado en contextos de precariedad— no solo afectan su bienestar individual, sino que configuran los entornos en los que se desarrolla la infancia. Intervenir en estas condiciones no es un gesto asistencial: es una estrategia estructural para modificar trayectorias de desarrollo.

En este sentido, garantizar condiciones dignas para las mujeres y las infancias no solo mejora la vida en el presente, sino que interrumpe la reproducción intergeneracional de la desigualdad en su dimensión más profunda: aquella que se inscribe en los cuerpos, en los vínculos y en las expectativas sobre el mundo. Asumir esta evidencia exige una toma de posición clara: la política pública, los sistemas de cuidado y las agendas de derechos deben incorporar la dimensión psíquica de la desigualdad como un eje central, no como un efecto secundario.

Referencias

Bowers, M. E., & Yehuda, R. (2016). Intergenerational transmission of stress in mammals. Biological Psychiatry, 79(10), 834–842.

Bowlby, J. (1969). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment. Basic Books.

Howell, H. B., Zhang, M., & Nievar, M. A. (2022). Interventions for parents exposed to trauma: A meta-analysis. Trauma, Violence, & Abuse, 23(1), 147–162.

Jeong, J., Franchett, E. E., Ramos de Oliveira, C. V., Rehmani, K., & Yousafzai, A. K. (2021). Parenting interventions to promote early child development in the first three years of life: A global systematic review. PLoS Medicine, 18(5), e1003602.

Kalish, J. M., Binder, A. M., & Jaffe, A. E. (2022). Epigenetic transmission of trauma across generations. Trends in Neurosciences, 45(4), 245–257.

McLaughlin, K. A., Weissman, D., & Bitrán, D. (2021). Childhood adversity and neural development: A systematic review. Annual Review of Developmental Psychology, 3, 277–312.

Meaney, M. J. (2010). Epigenetics and the biological definition of gene × environment interactions. Child Development, 81(1), 41–79.

Narayan, A. J., Lieberman, A. F., & Masten, A. S. (2021). Intergenerational transmission and prevention of adverse childhood experiences (ACEs). Clinical Psychology Review, 85, 101997.

Shonkoff, J. P., Slopen, N., & Williams, D. R. (2021). Early childhood adversity, toxic stress, and the impacts of racism on child development. Annual Review of Public Health, 42, 115–134.

Tottenham, N., & Sheridan, M. A. (2010). A review of adversity, the amygdala and the hippocampus: A consideration of developmental timing. Frontiers in Neuroscience, 3, 68.

Verhage, M. L., Schuengel, C., Madigan, S., Fearon, R. M. P., Oosterman, M., Cassibba, R., Bakermans-Kranenburg, M. J., & van IJzendoorn, M. H. (2016). Narrowing the transmission gap: A synthesis of three decades of research on intergenerational transmission of attachment. Psychological Bulletin, 142(4), 337–366.

Yehuda, R., & Lehrner, A. (2018). Intergenerational transmission of trauma effects: Putative role of epigenetic mechanisms. World Psychiatry, 17(3), 243–257.

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