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Autor: Daniel Cortázar Triana. Doctorante en Estudios Organizacionales. Graduado de la Universidad Autónoma de Barcelona en Diseño y Gestión de la Producción Audiovisual (2013) y de la Universidad de los Andes de la carrera de Literatura
Pablo Más empieza su conferencia con una historia impactante sobre un experimento con monos: Un grupo de monos es enjaulado, en el centro del espacio hay una escalera muy alta que les permite alcanzar un racimo de plátanos colgado del techo; los primeros intentan alcanzar los plátanos pero al llegar a la punta de la escalera todos los monos reciben una descarga eléctrica; desde ese momento entre los monos se organizan para que nadie suba; cada vez que algún mono intenta subir, es golpeado por los demás y de esa manera el grupo se encarga de que nadie reciba la descarga eléctrica; poco a poco van cambiando los monos y van insertando nuevos participantes hasta que ya no queda ninguno de los monos que saben sobre las descargas, sin embargo, en el grupo se ha institucionalizado la violencia como mecanismo para evitar subir las escaleras.
Ningún mono sabe porqué no pueden subir las escaleras, pero todos se encargan de mantener la estructura bajo la cual ninguno suba. Esta metáfora explica adecuadamente la manera en que se promueven las estructuras sociales como normas institucionalizadas que las personas siguen de forma ciega sin siquiera saber porqué. De hecho, para Scott (2008) estas normas se replican de manera informal y fortalecen a las reglas establecidas que si están escritas o formalizadas. Para otros autores, como Eco (2011), estas normas se replican en el discurso y las personas las siguen ciegamente, hasta el punto de formar sus pensamientos retóricamente a partir de repetir dichas normas.
El machismo es quizás una de esas normas más difíciles de extirpar de los discursos sociales, porque justamente está tan implantado que se ha configurado como la justificación para nunca subir esas escaleras. De hecho, Pablo Más le llama a esa masculinidad tóxica un “monocultivo” que pretende homogeneizar los discursos y de esa manera la crear una única cultura en donde solamente se produzca un tipo de ser humano: específicamente el que sigue el mandato de la masculinidad machista y que por consiguiente acepta que el hombre rige la sociedad con violencia y desconectado tanto de sus emociones como de su cuerpo. Este humano (hombre), no tiene acceso a subir la escalera y perseguir su deseo porque de lo contrario será violentado por el grupo y golpeado hasta que entienda que no puede subir buscar el plátano sin que ninguno de los miembros siquiera conozca las consecuencias.
Deleuze y Guattari (1985) llaman a ese deseo La Catexis. Para ellos el neoliberalismo se ha encargado de matar esa persecución individual, y ha homogeneizado el deseo una única búsqueda: el progreso económico. El “buen hombre” es aquel que sigue este mandato ciegamente y no se pregunta porqué debe hacerlo; además de eso hace todo lo posible por lograr ese progreso desde lo financiero e ignora todo lo que le estorbe para dicha meta: sus emociones, las relaciones sociales afectivas o de cuidado, la atención de su cuerpo, entre muchas otras características más.
Retomando la metáfora de los monos, podríamos decir que los plátanos son la catexis que es individual y personal a cada quien, y que la institucionalización de la violencia al acercarse a la escalera, es la norma que le impide a las personas perseguir su propio sueño o deseo. Para Lipovetsky y Serroy (2010), esto es la proliferación de la Cultura Mundo que ha llegado a su máximo apogeo con la mundialización; al igual que la explicación que da Pablo Más, el neoliberalismo pretende homogeneizar la cultura y producir un único tipo de ser humano que haya sido despojado de su propia catexis.
La proliferación de esta cultura mundo se logra a través de artefactos culturales, que son precisamente los que fortalecen los discursos o artefactos discursivo (Eco, 2011). El sexo, de hecho, es una de las principales herramientas y de esta manera la pornografía es una de sus armas primarias. Si bien en los medios el cuerpo femenino se objetifica constantemente, en la pronografía hoy en día difundida de manera masiva a través de internet se logra de una manera más impactante gracias al primer plano de los genitales, acompañado de narrativas donde el hombre es quien lidera situaciones incluso violentas. Esto se ha fortalecido con lo digital, porque tal como dice Elena Laguarda, hoy se accede a la pronografía de inmediato, a un click e incluso por error, accidente o hasta por la misma publicidad.
Esto implica que los hombres, incluso cada vez más jóvenes de hasta menores de 11 años, tienen una mayor exposición a este tipo de contenidos, tienen un menor control, y además son cada vez más violentos; la democratización de este contenido ha logrado esta proliferación hasta el punto de llamar hoy en día a varias generaciones como pornonativas. Esto, incluso, se acrecienta con los videojuegos donde el contenido es incluso más fuerte e impactante y permite la deshumanización de las personas frente a la violencia y la sexualidad; la narrativa de lo erótico se saca de la ecuación de las historias que construyen los mitos sociales, y sólo queda la violencia como mecanismo o herramienta de control. La metáfora de los monos que no consiguen sus plátanos se vuelve el mito fundacional.
En este tipo de videos, se presentan mandatos de esa masculinidad y del deber ser de este hombre ligados a su sexualidad. En este sentido, Pablo Más presenta las siguientes características como las que se construyen en estos discursos culturales y que buscan homogeneizarse en todos los hombres:
- El falocentrismo
- La virilidad
- La actitud avasallante
- La potencia, eficiencia y productividad
- La linealidad
- El ograsmo masculino culmina el encuentro
- Esconder todo lo que no es normativo o se aleja de dicha norma institucional
- La mujer al servicio del hombre
- La búsqueda de la perfección
Es interesante analizar estas características, pues parecen las que se utilizarían para describir una empresa eficiente en el neoliberalismo, es decir que el mandato del hombre es tener estas características de una fortaleza física que le permitan liderar el progreso económico de la sociedad. Si no cumple con ese mandato, no es un hombre adecuado para las normas institucionales del sistema social.
Para lograr hacer este mensaje efectivo, el neoliberalismo se encarga de convertir el deseo en carencia, es decir que no se puede conseguir una catexis vacía, y por consiguiente lo único que le queda a los hombres es perseguir dicho mandato que se promueve en estos productos culturales. Este mandato, además, busca individualizar a cada sujeto, precisamente porque no puede acceder a su propia catexis, todos son monos que caminan alrededor de una escalera que les permite alcanzar sus sueños pero a la que le tienen pavor.
La solución que plantean Pablo Más y Elena Laguarda es transformar lo colectivo desde lo positivo y ligado a la corporalidad, desde donde se pueden trabajar las emociones y de esa manera conectar ambos universos para finalmente impactar a niveles grupales o sociales.
Bibliografía
Deleuze, Gilles & Guattari, Félix (1985). El Anti Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Paidós, Barcelona.
Eco, Umberto (1997). Interpretación y sobreinterpretación, Cambridge University Press, UK.
- (2011). La estructura ausente. De Bolsillo, México [Kindle versión]
Lipovetsky, Gilles & Serroy, Jean (2010). La cultura-mundo: respuesta a una sociedad desorientada. Anagrama, Barcelona.
Scott, Richard (1992). Los nuevos rumbos en la teoría de la organización. Prentice Hall, New Jersey.
