¿Y si el aula también fuera un lugar de agresión?: violencia de género en los espacios educativos

Dra. Kirenia Chaveco Asin

Universidad de Oriente, Cuba kirenia0404@gmail.com

Enfrenar la violencia de género es una lucha sistemática y global que atraviesa fronteras, instituciones y generaciones. Cada 25 de noviembre se convierte en jornada de denuncia y reflexión sobre una herida que no cicatriza: la violencia contra las mujeres y las niñas. Los espacios educativos suelen presentarse como bastiones de igualdad y progreso. Sin embargo, más allá de los discursos y las campañas, emerge una realidad que contradice esa imagen idealizada, mostrando una verdad más compleja y dolorosa: ¿qué ocurre cuando el aula, lugar destinado al saber, se convierte en escenario de agresiones, silencios cómplices y pedagogías que perpetúan el daño?

Aunque las instituciones educativas están llamadas a formar desde la igualdad de género, no están exentas de las lógicas patriarcales que estructuran la sociedad. La violencia en estos entornos adopta múltiples formas: algunas visibles, otras tan sutiles que parecen inofensivas, pero son igual de destructivas. Se manifiestan en contenidos que omiten autoras y epistemologías feministas que cuestionan el canon hegemónico. Una ausencia que, como advierte Bourdieu (1999), refuerza la dominación masculina y consolida el poder simbólico del patriarcado académico.  

También se expresa en las relaciones cotidianas: el acoso entre pares, el abuso de poder por parte del profesorado o la revictimización de quienes se atreven a denunciar. A esa educación que enseña jerarquías en lugar de libertades, Segato (2016) la llama “pedagogía de la crueldad”. En tales contextos, aprender duele. Porque las universidades, lejos de ser refugios del pensamiento libre, se convierten en escenarios donde las mujeres y otras identidades subalternas cargan con el peso de una violencia que el sistema prefiere negar, archivar o borrar. Esta impunidad estructural, como la describe Ahmed (2021), no solo perpetúa el daño, sino que lo normaliza hasta hacerlo parte del paisaje universitario.

La violencia de género en los espacios educativos sigue siendo una herida abierta que reclama atención urgente. Es una verdad que incómoda que se asoma frente a un sistema que, muchas veces, construye mujeres que callan por miedo, estudiantes que aprenden a soportar el abuso y comunidades que se habitúan al silencio como única forma de supervivencia. Ese silencio no es neutral, es el precio que se paga por la impunidad.

Transformar las aulas en lugares seguros es una urgencia política y ética. Educar sin dañar exige desarmar la lógica patriarcal que estructura tanto la enseñanza como las relaciones de poder dentro de las instituciones. Para ello, se requieren docentes formados en género y educación emocional, currículos que integren epistemologías feministas y decoloniales, protocolos de actuación y espacios de escuchas que apuesten por la justicia restaurativa (Hooks, 1994).  

No basta con incorporar talleres esporádicos o campañas de sensibilización en fechas conmemorativas. Se trata de un cambio de paradigma que permita entender que cada interacción, cada texto, cada mirada en el aula puede reproducir o desafiar la violencia. Butler (2004) recuerda que el poder opera precisamente a través de la producción de subjetividades que aprenden a normalizar el silencio. Romper con este orden implica crear pedagogías del cuidado y de la libertad, donde la vulnerabilidad no sea motivo de exclusión, sino punto de partida para la transformación colectiva.

Las universidades y escuelas tienen, por tanto, una responsabilidad ineludible: reconocer sus propias complicidades con el sistema patriarcal. No se trata solo de sancionar casos de acoso o incluir una asignatura de género en el plan de estudio, sino de revisar críticamente sus estructuras, su lenguaje institucional y las jerarquías que las sostienen. Solo así será posible convertir los espacios educativos en verdaderos territorios de emancipación, y no en campos donde el mido se disfraza de disciplina y el silencio de respeto.

El 25N no debería ser solo una fecha de memoria o protesta, sino un recordatorio de que la paz no se decreta: se aprende, se enseña y se práctica. Construir una cultura de paz implica desmontar la violencia estructural que atraviesa los cuerpos, las palabras y las instituciones. La educación tiene la misión más profunda de formar sujetos capaces de reconocer la dignidad del otro, de dialogar sin humillar, de discernir sin destruir.

Educar para la paz es también educar para la justicia. Significa mirar de frente las violencias cotidianas que habitan en el aula, cuestionar la neutralidad del conocimiento y abrir paso a pedagogías que reparen en lugar de dañar. Porque donde hay cuidado, no hay miedo; y donde hay palabras, no hay silencio.

Este 25N, más que repetir consignas, el diseño es sembrar conciencia. Transformar los espacios educativos en territorios de equidad, respeto y libertad es el gesto más radical y más necesario para imaginar un fututo donde aprender no duela y enseñar sea un acto de paz.

Referencias bibliográficas

Ahmed, S. (2021). Complaint! Durham, NC: Duke University Press. https://www.dukeupress.edu/complaint

Hooks, b. (1994). Teaching to transgress: Education as the practice of freedom. New York, NY: Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203700280

Bourdieu, P. (1999). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

Butler, J. (2004). Deshacer el género. Barcelona: Paidós.

Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños. https://traficantes.net/libros/la-guerra-contra-las-mujeres

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