Dr. Federico Hans Hagelsieb

El panorama mundial actual nos confronta con una paradoja inquietante: a pesar de los asombrosos avances en ciencia, tecnología y economía, persisten y se agravan problemas como la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la degradación ambiental (Gabriel, 2021). Estos desafíos, lejos de ser meros accidentes, son el resultado directo de nuestras acciones y omisiones humanas (Ki-Moon, 2014). ¿Cómo es posible que nuestro progreso científico y tecnológico sea tan innegable y evidente, mientras el progreso ético, que es igualmente crucial para la condición humana y la sociedad, no lo es tanto?
El progreso ético es un avance «sui generis», es decir, independiente de lo científico, lo tecnológico o incluso lo económico (Gabriel, 2021). Se manifiesta en el reconocimiento y la difusión de «hechos morales» que, aunque existen objetivamente, a menudo permanecen ocultos o son ignorados. En este contexto, instituciones como las Universidades deben asumir una responsabilidad social ineludible. Su misión trasciende la mera capacitación técnica; ya que es su tarea formar profesionales íntegros, capaces de discernir entre lo bueno, lo malo y lo neutro, y de contribuir activamente a la pacificación y transformación social (Cortina, 1997; Martínez, 1998; Morin, 2001; Ortega y Gasset, 1930; Russell, 1930). La paz, en última instancia, se siembra desde la educación, promoviendo una cultura donde la equidad y el respeto sean los pilares.
La Batalla Ética en el Ámbito Universitario: Obstáculos y Urgencias
Históricamente, la universidad ha priorizado la capacitación técnico-instrumental-profesionalizante, relegando la dimensión ética a un segundo plano o abordándola de manera fragmentada. Esta orientación mercantilista ha desplazado los ideales humanistas de la educación superior como un derecho social y un bien público (Aboites, 2012).
Entre los principales obstáculos para el progreso ético en el ámbito universitario, encontramos:
La fragmentación de la ética: Se ha tratado la ética como un «apéndice intelectual» o una categoría aislada, en lugar de integrarla de forma orgánica y transversal en el currículo. Esto limita el desarrollo de herramientas críticas en los estudiantes para enfrentar dilemas morales.
Priorización de lo técnico sobre lo ético: La presión por la productividad académica y las demandas del mercado laboral a menudo sacrifican la formación ética. Esto puede dar lugar a profesionales técnicamente competentes, pero insensibles a las consecuencias sociales de su conocimiento.
Comportamientos antiéticos: La persistencia de prácticas como la falta de respeto, el prejuicio, el plagio, la corrupción administrativa o las conductas deshonestas dentro de la propia universidad (Vásquez, 2018). Desconocimiento del Código de Ética: La falta de difusión, comprensión y aplicación consistente del CDE lo convierte en un documento sin impacto real.
Cuando el progreso científico y tecnológico avanza sin la guía del progreso ético, las consecuencias pueden ser devastadoras, como el uso de bombas atómicas o las prácticas deshonestas en diversas profesiones. Es crucial que los futuros profesionales no solo «saben», sino que también comprendan que «todo conocimiento tiene consecuencias sociales». La clave está en el «develamiento de los hechos morales», es decir, en la capacidad de distinguir objetivamente lo bueno, lo malo y lo neutro en cualquier situación (Gabriel ,2021).
Hacia una Universidad Éticamente Comprometida: Pilares para la Equidad y la Paz
Para superar estos desafíos y realmente contribuir a una cultura de paz y equidad, las universidades deben:
Asumir la Formación Integral: No basta con transmitir conocimientos; la educación debe cultivar la conciencia ética, el pensamiento crítico y la responsabilidad social. Esto significa preparar a los estudiantes para analizar las implicaciones y consecuencias de sus acciones en el mundo real (Cortina, 1997; Martínez, 1998; Morin, 2001; Ortega y Gasset, 1930; Russell, 1930).
Empoderar a los Docentes como Modelos Éticos: Los profesores son agentes morales clave. No solo deben enseñar ética, sino también practicarla a través de su comportamiento diario, siendo un ejemplo de honestidad, responsabilidad y respeto. Deben fomentar el diálogo constructivo, permitiendo a los estudiantes cuestionar y discernir los hechos morales (Nussbaum, 1997; Hirsch, 2003).
Promover la Inclusión y la Diversidad: Una universidad ética debe ser un espacio donde todos, sin importar su origen, etnia, género, orientación sexual o condición, tengan igualdad de oportunidades y se sientan respetados (Sen, 2001). Esto fomenta la empatía, la tolerancia y una comprensión profunda de la complejidad humana, elementos esenciales para la paz.
Ver la Ética como Innovación: El progreso ético es una forma de innovación «no tan evidente». Requiere una transformación constante en la pedagogía y la cultura institucional para adaptarse a los desafíos del siglo XXI (Gil, 2018). Esta innovación debe ser nuclear, redefiniendo los objetivos, valores y fines fundamentales de la educación.
Un Llamado a la Acción para un Futuro Equitativo y Pacífico
En un mundo marcado por la fluidez y la rapidez de los cambios, donde los conflictos armados y las injusticias persisten, es fundamental que las universidades reafirmen su compromiso con el progreso ético. No se trata de un destino final, sino de un proceso continuo de reflexión y acción
(Macanchi, 2020). Al formar profesionales éticos y ciudadanos comprometidos, que no solo posean conocimientos técnicos, sino también la capacidad de discernir, actuar con integridad y buscar la equidad en todas sus acciones, las instituciones de educación superior pueden ser el motor de una transformación profunda hacia una sociedad más justa, pacífica y equitativa. Es un compromiso que forja el futuro, un paso a la vez, desde cada aula, en cada corazón.
Referencias
· Aboites, H. (2012). El derecho a la educación en México. Del liberalismo decimonónico al neoliberalismo del siglo XXI. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 17(53), 361-389.
· Cortina, A. (1997). Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Alianza Editorial.
· Gabriel, M. (2021). Ética en tiempos obscuros. Barcelona, Pasado & presente.
· Gil López A. J., Antelm Lanzat A. M., Cacheiro González M. L. (2018). Análisis de la capacidad de innovación escolar desde la perspectiva del profesorado de la educación secundaria. La escuela como organización que aprende. Educar, 54(2), 449-468.
· González, V. (2004). El profesorado universitario: Su concepción y formación como modelo de actuación ética y profesional. Revista Iberoamericana de Educación, 33(7), 1-11.
· Hirsch, A. (2003). Ética profesional como proyecto de investigación. Teoría de la Educación. Revista Interuniversitaria, 5, 235-258.
· Martínez, M. (1998). El contrato moral del profesorado. Condiciones para una nueva escuela.
· Morin, E. (2001). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Paidós.
· Nussbaum, M. C. (1997). Cultivating humanity: A classical defense of reform in liberal education. Harvard University Press.
· Ortega y Gasset, J. (1930). Misión de la Universidad. Alianza Editorial.
· Russell, B. (1930). La conquista de la felicidad. Debate.
· Sen, A. (2001). Development as freedom. Oxford University Press.
