
Autor: Jesús Alfredo Morales Carrero. Politólogo y Docente de Psicología General, Evolutiva, Aprendizaje y Orientación Educativa. Investigador Socioeducativo Categoría Emérito. Escritor y árbitro en revistas nacionales e internacionales. Universidad de Los Andes, Venezuela. Correo-e: lectoescrituraula@gmail.com
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La confianza en el potencial que entraña el ser humano, constituye una de las premisas con mayor preeminencia y aceptación dentro de las agendas globales que procuran dignificar la existencia, el desarrollo y la consolidación de la vida plena individual y socialmente (Rogers, 2015; Morales, 2021). De allí, la pertinencia de la educación como proceso al servicio de la transformación multidimensional del sujeto, a la que se le adjudica no solo la promoción competencias para la vida, para la mejora permanente, así como para el fortalecimiento de la disposición reflexiva, crítica y analítica (Cassany, 2021), que le permita al que se forma trascender lo que conoce mediante el razonamiento riguroso que le conduzca a descubrir lo verdadero, lo útil.
Esto por su vinculación con la formación para el ejercicio de la ciudadanía global supone el fortalecimiento de una actividad docente enfocada en promover habilidades de orden superior, que le permitan al sujeto tomar decisiones por sí mismo, establecer un diálogo respetuoso, empático y simétrico con aquellos que conforman su contexto de vida; propósito que demanda, la disposición del pensamiento para apreciar al otro, al diferente social, cultural e ideológicamente como un par, cuya condición le hace portador derechos y deberes que procuran, entre otros aspectos, dignificar su individualidad, construir lazos de encuentro, de reconciliación y de convivencia que garanticen el desarrollo holístico.
Esto refiere también, a la educación integral, que procura a través de la construcción de lazos de respeto, promover la adopción de la reciprocidad y el bien común como antídotos para reducir el desencuentro (Camps, 2000; Maalouf, 1999), logrando la ampliación de las posibilidades para vivir en democracia y en paz positiva, reconociendo el pluralismo y la libertad del Otro a manifestar su voluntad, defender sus propios puntos de vista, así como reconocer y proteger el derecho a actuar con apego a las normas éticas, morales y sociales (Herrero, 2016).
Es en estas condiciones, en las que el ser humano logra encontrarse con la razón de su existencia, con el descubrimiento y apropiación de los ideales que rigen la vida en sociedad (Cortina, 2009; Savater, 2008), con la definición de lo realmente valioso y trascendental, es decir, con lo que le otorga sentido a la vida, le aporta valía a su transitar por un mundo en el que no solo viene a aprender sino a trabajar en su humanidad, hasta alcanzar la consolidación del ser que lo faculta para convivir regido por los deberes ciudadanos, como principios catalizadores de los vínculos humanos que entretejen la convivencia justa y paritaria.
Este diálogo entre los implicados en el sistema educativo, requiere la amalgama de principios universales en función de lograr la convivencia intercultural, como aspiración que mediada por valores como la paz, la tolerancia y la solidaridad, le otorguen fuerza a la convicción sobre la praxis de la interdependencia (Cyrulnik y Anaut, 2014; Forés y Grané, 2012), que nos haga ver unos a otros necesarios redimensionando así, la disposición para gestionar los conflictos socio-histórico-culturales, a los que se le adjudica no solo la denigración de la dignidad humana, sino el distanciamiento destructivo; factores de riesgo que demandan la promoción de competencias emocionales, de las que depende el desarrollo de la flexibilidad para afrontar los conflictos con asertividad, autocrítica y sentido de apertura a los cambios emergentes (Bisquerra, 2006; Sarramona, 2007).
Potenciar la dimensión emocional del estudiante, garantiza el fortalecimiento de la personalidad tanto sensible como racional que permita operativizar valoraciones permanentes sobre su proceder social, actitudes que aunado a redimensionar la autoconfianza y la autogestión (Corkille, 2010) potencian el accionar equilibrado, pertinente y ajustado a las condiciones de una realidad movilizada por el dinamismo; frente a la cual, se requiere el despliegue de fuerzas motivadoras vinculadas con la adaptabilidad, la iniciativa propia y el optimismo, como referentes actitudinales necesarios para establecer lazos de cooperación, trabajo en equipo y espíritu sinérgico.
Lo planteado refiere implícitamente a la formación ética, que invita a la praxis de principios compatibles con la construcción de un mundo mejor en el que los vínculos humanos se encuentren mediados por la adopción adoptar actitudes empáticas con el Otro y su entorno, con el cual interactuar desde la conciencia sustentable y ecológica que ayude con la preservación de nuestro lugar común de habitación, el planeta Tierra; al cual resguardar desde el compromiso y la corresponsabilidad con la protección de su biodiversidad, la preservación de sus ecosistemas y su dimensión ambiental.
En conclusión, el compromiso con el desarrollo multidimensional y holístico que integra la supra-complejidad humana, constituye para el quehacer docente uno de los propósitos tangenciales, por entrañar la consolidación de posibilidades para maximizar su oportuno funcionamiento tanto individual como social; requerimientos que para el sujeto en formación, se erigen como impulsores del proyecto común de vivir en condiciones de plenitud, como el estado de equilibrio que por estar soportado en el bienestar integral y la calidad de vida permiten además de dignificar la existencia, ampliar las oportunidades para concretar la autorrealización, el desempeño autónomo, la adaptabilidad para afrontar con flexibilidad los cambios y operar con el sentido de apertura frente a los desafíos, ideales que por sus significativas y trascendentales aportaciones determinan las razón de ser de los procesos educativos. En síntesis, lograr el ejercicio pleno de la ciudadanía global, demanda potenciar el respeto por las libertades individuales, por la diversidad, el pluralismo y el reconocimiento a las particularidades socioculturales, como resultado de la elevación de la conciencia crítica necesaria para actuar con apego a principios universales.
Referencias
Bisquerra, R. (2009). Psicopedagogía de las emociones. Madrid: Editorial Síntesis.
Camps, V. (2000). Los valores de la educación. Madrid: Editorial Anaya.
Cassany, D. (2021). El arte de dar clase. Barcelona: Editorial Anagrama.
Corkille, D. (2010). El niño feliz su clave psicológica. Barcelona: Granica Editor.
Cortina, A. (2009). Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía. Madrid: Alianza Editorial.
Cyrulnik, B y Anaut, M. (2014). ¿Por qué la resiliencia? Lo que nos permite reanudar la vida. Barcelona: Gedisa.
Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. Madrid: Ediciones Santillana.
Forés, A., y Grané, J. (2012). La resiliencia en entornos socioeducativos. Madrid: Ediciones Narcea.
Herrero, J. (2016). Elementos del pensamiento crítico. Barcelona: Ediciones Jurídicas y Sociales.
Lafarga, J. (2016). Desarrollo humano: desarrollo personal. México: Editorial Trillas.
Lipman, M. (2001). Pensamiento complejo y educación. Madrid: Ediciones de la Torre.
Maalouf, A. (1999). Identidades asesinas. Madrid: Alianza editorial.
Morales, J. (2021). Un acercamiento multidisciplinar a las dimensiones del desarrollo humano. Revista Conocimiento Educativo, 8 (1), 23-57.
Rogers, C. (2015). Libertad y creatividad en la educación. Barcelona: Editorial Paidós.
Sarramona, J. (2007). Desafíos de la escuela en el siglo XXI. Barcelona: Editorial Octaedro.
Savater, F. (2008). La aventura de pensar. Barcelona: Random House Mondadori, S. A.
