
Autor: Erik Geovany González Cruz. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel 1. Doctor y Maestro en Estudios Organizacionales por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma del Estado de México
Cierto día un ser humano caminaba por el parque, se sentó en una banca a descansar y a contemplar un momento el paisaje, el tiempo, sin nada que pensar o sentir, un momento de tranquilidad. Poco tiempo después, se levantó y advirtió la presencia de una hormiga, instintivamente su pie se movió, sin razón alguna, estaba apunto de matarla, cuando un pensamiento lo detuvo. Preguntas: ¿Por qué la quiero matar? ¿Es acaso miedo? ¿Disfruto matar a seres más pequeños? ¿Soy un ser malo, por si quiera pensar en matarla? La hormiga no me ha hecho ningún daño, sólo camina vagante, pero quise matarla ¿Es por el simple hecho de que puedo hacerlo? Sí yo fuera más pequeño, menos fuerte que la hormiga, se me haría injusto que me matara. Sin embargo, si tuviéramos la misma fuerza, el mismo tamaño e intentáramos matarnos, no sé sabría quien ganaría y cada uno buscaría la forma para poder obtener una ventaja, tener más fuerza, ser más grande. Esta actitud nos lleva al exterminio. Para evitar esto tendríamos que guardar dos premisas básicas, si eres más fuerte, más grande, si tienes una ventaja sobre otro ser no abuses, no mates, no violentes. La otra es si eres débil, pequeño o en desventaja y sufres abusos, vuélvete una persona fuerte pero cuando eso suceda recuerda la primera regla. La víctima se vuele victimario rápidamente, la capacidad de pensar, de sentir, de conocer nuestras pulsiones y de cuidarnos, nos permite cuidar a los demás.
